Escribe: Fernando Echeverría – Editor Periodístico
El resultado de la derecha no necesariamente fue un cambio de ideas, sino que lo que definió las elecciones fue el voto de una mitad de Chile que durante décadas no sufragó y son ellos lo que definirán la política chilena.
El triunfo en las urnas de José Antonio Kast en el balotaje y las consecuencias del triunfo del Rechazo en el año 2022, da como para pensar que en la política chilena habría ingresado nuevas ideas o clivaje idiológico. Pero en una lectura en cifras, hay que señalar que durante 30 años los presidentes en el voto universal fueron elegidos por alrededor de 7 millones depersonas; sin embargo, con el voto obligatorio el universo exacto con nulos y blancos fue con un padrón de 15 millones 779 mil 102 personas.
Hoy con la inscripción automática y eol voto obligatorio, casi todo Chile debe cumplir con este deber cívico y al duplicar el electorado, los marcos simbólicos que lo ordenaban necesariamente pierden relevancia. No estamos necesariamente frente a ciudadanos que cambiaron de opinión, sino frente a ciudadanos que antes no eran escuchados electoralmente.
La balanza aqui la inclinaron los votantes obligados que finalmente definieron estas elecciones. En este grupo que reprenta cerca de la mitad del país representa la mitad del padrón, 8 de cada 10 votaron Rechazo en 2022 (78% vs. 22%) y 7 de cada 10 votaron por Kast en 2025 (70% vs. 30%) y el electorado más politizado arrojó empates técnicos y en la mitad menos politizada emergen diferencias superiores a los 40 puntos. Esa brecha, al agregarse con los empates del electorado habitual, explica por sí sola las ventajas nacionales cercanas a los 20 puntos.
En otras palabras, aquí no estamos frente a giro idiológico en Chile, sino más bien a un cambio abrupto del electorado.
Algunos el triunfo de Kast, lo han interpretado como una evidente “derechización” de los sectores más populares pero esa lectura pasa por alto un dato clave: durante años de voto voluntario, esos mismas sectores fueron también las que registraban las tasas de participación más bajas del país. Es decir, cuando la izquierda obtenía amplias ventajas en esos territorios, lo hacía representando a una fracción relativamente pequeña de sus habitantes.
Con el voto obligatorio, la participación en muchas de estas comunas se duplicó. Entonces, no es que los votantes tradicionales de izquierda se hayan convertido ideológicamente a la derecha; es que empezó a votar una proporción mucho mayor de personas que antes se mantenían al margen del sistema electoral.
Con estas cifras, no se trata de quitarle mérito al triunfo de Kast, porque al final supo leer mejor que sus adversarios a este votante, apelando a urgencias como seguridad, orden y gestión, más que a identidades ideológicas, ofreciendo una lógica de gobierno de emergencia coherente con un electorado que evalúa la política desde la eficacia.
Antes de declarar muerto un clivaje histórico o celebrar el nacimiento de otro, conviene hacerse una pregunta más simple: ¿cambiaron las ideas del país, o cambió el padrón que hoy decide las elecciones?
Confundir este fenómeno con una conversión ideológica del país y de sectores populares no es sólo un error analítico; es un riesgo político.









